Mi amigo Ozan Sezen (exacto, se pronuncia tal y como lo acabas de hacer. De puta madre. Oye, de verdad, me ha sorprendido mogollón) me llamó este sábado por teléfono. Cumplimos años el mismo día. Me contó que esa noche había organizado una cena en su casa. Un combinado de amigos suyos y de su mujer. Resulta que el azar sentó esa noche en la misma mesa a un militar norteamericano que estuvo en Afganistán y a un ciudadano pakistaní al que sus conocidos llaman “el radical”. Me permití darle un consejo: nada de alcohol. Precisamente – contesto él – uno de ellos iba a llevar una botella de whisky mientras que el otro había pedido que no se sirviera alcohol por respeto a sus creencias religiosas.

Me siento aliviado por no tener prácticamente ninguna vida social. Tendría que llamar a Ozy para saber cómo fue, pero me da miedo.