En un restaurante, una camarera que se había distinguido por una actitud estirada y poco amigable durante toda la velada, se coloca en posición de firmes junto a la puerta cuando abandono el local y exclama con media sonrisa sardónica:

«La tele te hace gordo»

Otra persona conocida (pero no demasiado) me comenta:

» No te sienta bien ir sin maquillaje. Estas demasiado blanco y ojeroso.»

Dos comentarios al azar que me reafirman en mi teoría de que las personas hablamos demasiado porque, básicamente, hablar es gratis. Si tuviéramos que endiñar un euro cada vez que abrimos la boca, seguramente nos ahorraríamos los comentarios redundantes. Por otra parte, resulta tranquilizador comprobar que el ser humano es tan sumamente observador y no hay detalle que se le escape.

Somos unos linces. Un regalo para el planeta.