Hoy me ha dado por recordar anécdotas. Ocurrió hace unos meses. Fui a visitar a mi amigo Miquel Company. Como es preceptivo llamé al timbre y esperé. Miquel estaba en ese momento en casa, por lo menos así me lo había asegurado cuando le llamé unos minutos antes de llegar a su domicilio. Lástima que justo después de colgarme decidiera ponerse los cascos a toda pastilla escuchando el último disco de La Casa Azul y montar ese puzzle de 600.000 piezas que hacía tantos meses que deseaba armar. Allí estuve yo, en su puerta, junto al ascensor, durante mucho tiempo. Esperando que me abriera. Pasó tanto tiempo que mi carne comenzó a pudrirse. Fue una de las experiencias más curiosas que he experimentado nunca. No te pudres cada día. Antes de abrirme, Miquel cogió su cámara y disparó a través de la mirilla.

¡ÁBREME, QUE ME PUDRO!

Foto: Miquel Company

No seáis tardones, copón. Que la carne tiene un límite.