Esta es la historia:

A principios del verano pasado me gustaron estas sandalias, y me las compré:

EL ENIGMA DE LAS SANDALIAS

Llámale compulsión consumista, llámale que necesitaba calzado de verano. Eran de una marca alemana, y eso me inspiró confianza. Son gente eficiente. A las pocas horas de calzarlas, su duro cuero comenzó a sajarme la piel, irritándola primero y haciendo herida más tarde. Tendrán que darse de sí, pensé. Tracé un mapa de tiritas en mis pies, estratégicamente dispuestas de modo que protegieran las zonas de contacto directo con la piel. Doblé y redoblé con las manos las tiras de cuero con la intención de ablandarlas. Esta lucha continuó todos y cada uno de los días del verano, y cuando acabó, seguían haciéndome daño. Las metí en el zapatero y las olvidé.

Hace unos días las vi en el zapatero y me gustaron de nuevo. Celebré haberlas comprado. Eran de una marca alemana, y eso me inspiró confianza. Son gente eficiente. Me las he vuelto a calzar y han vuelto a abrirme los pinreles en canal. Alcé mis brazos al cielo y clamé: ¡Cómo puede ser! ¡Dios mío! ¡Cómo pueden hacerme daño una y otra vez! ¡Si son alemanas!

Finalmente, una persona que añade cordura a mi vida, tras reflexionar un instante sobre mis tribulaciones, me dijo lo siguiente:

Quizá están pensadas para ser llevadas con calcetines.