Esta mañana, al salir de las oficinas de El Terrat unos niños de la escuela de enfrente me han pedido con ansia y desasosiego que les devolviera una pelota que se les había caído a la calle. Al hacerlo me han dicho «gracias señor». Y me he ido para casa con una sensación rara. ¿Soy un señor? ¿no, verdad?

P.D.: Una de las cosas bonitas de la sede de El Terrat es que cuando vas por la mañana te recibe el ruido de niños jugando.

Sed bienvenidos a esta cita periódica con el espíritu aventurero. O, dicho en antiguo persa, “Gaf-petshé” (1).

En anteriores ediciones de este diario de viajes estivales os mostré los secretos del Everest y del desierto de Nabonajmil. Sin embargo, aún no me sentía lleno, pese a haber vivido instantes de tal intensidad que una vez incluso se me taparon los oídos de tanta emoción y en otra ocasión recuerdo que me oriné sin yo pretenderlo. Consciente de que la vida es la más potente de las drogas, yo me sentía dispuesto a exigirle mi papelina a su único camello autorizado: Dios.

Embarqué pues hacia Tailandia para hollar sus enigmáticas selvas. Preñadas de misterio. Espesas y húmedas como los genitales de un churrero en agosto.

Angkor Vat, uno de los pulmones del planeta, y también un poco un riñón, según tengo entendido, es la siguiente parada de este nuestro viaje.

(1)“Gaf-petshé”, en persa antiguo, significa literalmente “sé bienvenido a mi hogar, descansa en mi lecho, come mi comida, posee a mi esposa”. La confusión con “Gaf-petshá”, literalmente “te voy a abrir la cabeza, hijo de la gran puta” provocó no pocos malentendidos y enemistades en la Persia antigua.