Dios santo, aún no había acabado el mes de julio y había recorrido medio mundo (1). Parece imposible haber hollado tal cantidad de lugares en tan poco tiempo, ¿verdad? Es lo que se conoce como el efecto “Sánchez Dragó”, que si calculas todos los períodos de tiempo y lugares en los que afirma haber vivido te salen más años de los que tiene. Sólo que en mi caso era cierto.

Tras el Everest, el desierto de Nabonajmil, Angkor Vat y Nevada, Nuevo México el cuerpo me pedía frío. Y yo se lo di: Helsinki. En uno de los frondosos bosques que rodean la capital de Finlandia permanecí durante horas, en comunión con la naturaleza, sentado desnudo (2) en el tocón de un árbol, extasiado ante aquella ingente marea de abetos, espectáculo natural sin parangón. Finalmente marché a continuar mi viaje, tras ser ayudado por uno de los lugareños que ejercía de guía y que logró quebrar con su cuchillo la película de escarcha que me había pegado el culo al árbol.

(1) El otro día, un amigo, hablando de esta sección de mi blog, me dijo: «vaya, parece que has grabado un montón de mierdas este verano y con eso vas actualizando sin esfuerzo desde que empezó septiembre. Lo tuve que matar.
(2) Siguiendo una antigua tradición celta, el «griejalingh ardèlih», literalmente “la contemplación en pelote”. Según la sabiduría druídica, sentarse desnudo sobre la naturaleza permite a los espíritus de la Tierra entrar en comunión con el alma, frecuentemente a través del ano.