Nunca un verano ha cundido tanto, amigos y amigas… El Everest, el desierto de Nabonajmil, Angkor Vat…. Nada era suficiente para mí, ya que había sido inoculado con el veneno de la aventura. La vida me había sodomizado y me susurraba dulcemente en el pescuezo: “quieres más, ¿verdad, ladrón?”

Por supuesto, quería más. Mi siguiente destino era el desierto de Nevada, en Nuevo México. Me habían hablado (1) de un sórdido lugar en el que las radiaciones atómicas habían dejado profundas e indelebles huellas en la población. Al parecer, la tasa de nacimientos de mujeres había ido descendiendo progresivamente desde las pruebas nucleares de los años 50. En los últimos 15 años este proceso de degeneración genética había llegado ya al estancamiento total y la población, exclusivamente masculina desde hacía ya décadas, afrontaba una insufrible situación límite.

(1) Concretamente me habló de este lugar un investigador del misterio e historiador llamado Francisco Enrique Ferré Raduerca, autor de “25 lugares misteriosos del mundo para entrar a vivir” y “El peligro de la radiación atómica. Orinar fosforito y otras señales”. También leí sobre este lugar en un cromo que me salió una vez en un pastelito.