Una tarde, tras haber releído el pasaje de la Biblia sobre Abel y Caín, decidí ir a visitar a nuestros hermanos del norte, los franceses. De entre todas las maravillas que encierra el verde territorio francés, quise conocer de primera mano el antiguo esplendor que por fuerza aún debía verse reflejado en los jardines del palacio de Versalles, símbolo del máximo esplendor de su cultura.

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