Los cómicos y demás faranduleros luchamos frecuentemente con una imágen que no nos corresponde. Mucha gente nos imagina durmiendo en pensiones hediondas, o cambiándonos de ropa en camerinos cochambrosos. Nada más lejos de la realidad. En la actualidad los actores de teatro somos una suerte de afortunados semidioses que vivimos una dulce existencia entre algodones, lujo y toda clase de caros vicios.

A modo de ejemplo, os enseño un cartel que encontré en las instalaciones del teatro Núria Espert de Sant Andreu de la Barca:

Obsevad atentamente cómo, en la primera línea se prohibe subir al escenario a los «cataores»

Pocas profesiones cuentan con el privilegio de tener unos esclavos encargados de probar la comida antes para evitar envenenamientos. Cosa que, dicho sea de paso, es bastante frecuente teniendo en cuenta los cáterings que se manejan en este oficio.