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Yo era entonces muy joven y el recuerdo que conservo es neblinoso y poco definido, pero puedo asegurar que la primera vez que le vi no me hizo ninguna gracia. José Luis López Vázquez atravesaba una situación complicada. Se encontraba atrapado, doblemente encerrado. Dentro de la cabina telefónica de Mercero, y dentro a su vez de la televisión ELBE de mis padres. Sentí miedo y compasión por aquel hombrecillo de aspecto familiar, que me recordaba a mi tío Felipe. Su angustia me aterrorizó y me marcó profundamente. Y no descubrí hasta años más tarde que aquel asustado señor con bigote era al mismo tiempo uno de los grandes de la comedia española.

Tiempo después, siendo ya adulto, y dedicándome también al oficio de la risa, leí una entrevista que le hacían a López Vázquez en el dominical de un periódico. No recuerdo cuál era, ni sus palabras exactas, excepto una de sus respuestas, que me volvió a marcar. El periodista le preguntaba cómo definiría el mundo de la interpretación y él respondió que, en su experiencia, “el teatro era quedarse desnudo en un cuarto de baño”. Andaba yo en esos días empezando a hacer monólogos en bares, cafés y pequeños locales y recordaba su frase cada vez que mis nalgas rozaban los azulejos, las neveras o las cajas de cocacolas de los baños y almacenes en los que me cambiaba.

Me gusta pensar que los recuerdos más significativos que atesoro relacionados con el gran comediante sean estos dos. Los guardo como dos consejos del maestro al que no tuve la suerte de conocer en persona. Me enseñó que bajo cada comedia se esconden infinidad de matices trágicos. Y que este oficio exige una gran dosis de esfuerzo y sacrificio. Ahora, el maestro ha sido liberado de encerronas y dispone de un elegante albornoz en un camerino de lujo del más allá. Me alegro por él.

Artículo publicado en la revista Cinemania de este mes.