Esta es una historia de apegos y sucedáneos: como la vida misma. Comienzo:

Éste es el reloj:

EL RELOJ

Pero no es el auténtico. El auténtico era un Titan (de marca, no de enormidad), había pertenecido a mi abuelo y le tenía mucho apego. Tampoco es que mi abuelo me lo hubiera dado ni nada, que lo cogí yo de sus cosas cuando murió (que dicho así suena a saqueador de tumbas). Bueno, a ver, que me gustaba el reloj. Era de cuerda, como de viejo y tenía más o menos mi edad. Pero pasa también que pierdo las cosas. Continuamente, sin parar. Y pasa también que me la suda un poco, porque no me gusta guardar objetos. Sin embargo, le tenía apego a aquel reloj.

Hasta que lo perdí.

Y me supo mal. Pero lo superé, apoyándome en mi tendencia natural a no valorar los objetos. Me dolía por dentro, aunque no tanto como pudiera hacerlo otra cosa que doliera más, como, no sé, un retortijón, por ejemplo. Y Josep, el relojero de la prestigiosa relojería de Cal Boix, de Cardona, rebuscando en relojerías de viejo, me consiguió este nuevo reloj. Es prácticamente igual al que tenía, aunque de otra marca. Es el reloj del abuelo de otro. Y lo llevaré en mi muñeca toda la vida, hasta que lo pierda o me lo roben.

Yo creo, amigos, que acabáis de leer una historia preciosa aunque contada con el culo. Así que os propongo recordar a Christopher Walken en Pulp Fiction, que mola más.

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