Muchas veces la comedia te persigue y te impide que des la espalda a tu sino en la vida. Ocurrió en una taberna irlandesa de Madrid hace unas semanas. Acabada la última representación de La Apoteosis Necia en el Teatro Compac Gran Via los miembros de la compañía nos disponíamos a comer unos platos combinados bastante marranetes, con mucho frito y sustancia. Yo me mostraba, recuerdo, bastante circunspecto y comedido, como de bajón post-actuación, un poco del rollo “sí, sí, ahora estoy seriete, voy a cenar y tal”. Fue entonces cuando decidí echarme una buena ración de ketchup en el plato. Bien, ¿sabes cuando ese tapón se queda reseco y no sale y te pones a apretarlo furiosamente como un psicópata para que escupa el delicioso condimento? ¿Y sabes cuándo de repente se suelta todo el tapón y se produce una explosión de ketchup que te inunda el plato, el jersey, el reloj, los platos de los otros comensales y el abrigo que estaba doblado a tu lado en el asiento? Pues eso.

Unos segundos de silencio, estallan las carcajadas y todos los compañeros sacan sus teléfonos móviles improvisando el llamado efecto “photocall del imbécil”. Vamos allá:

Otra instantánea más de la devacle:

Y otra más

¡¡Bon appétit, monsieur le gilipolle!!

P.D.: Y aquí no acaba la cosa, porque esta es la primera pieza que cae en el dominó de la humillación. En el restaurante me dan cebralín y la cantidad de suciedad es tal que me tengo que echar medio bote y acabo la cena lleno de manchas blancas enormes por todo el cuerpo, como un rey de los guepardos albinos idiotas. Y entonces alguien dice en el bar “tú no paras nunca”. Y yo pienso “lo intento, de veras que lo intento”.