¿Qué le pides tú a un libro? Yo lo tengo claro: no poder parar de leerlo. Arañar cada segundo para hincarle el diente. En el WC, en la cama, en el tren, dónde sea. Llegué a “Los juegos del hambre” de Suzanne Collins, Editorial Molino, a través de la recomendación de un amigo escritor, Marc Pastor, Doc Moriarty en la red, de quien ya había seguido recomendaciones que acabaron convirtiéndose en libros de cabecera para mí.

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“Los juegos del hambre” me atrapó como hacía años que no lo hacía otro libro. Me lo bebí de un trago. Una distopía sugerente que explotaba al límite sus posibilidades. Un mundo post-apocalíptico en que una selección de niños eran obligados a enfrentarse a muerte en un combate-espectáculo televisado para asegurar el control sobre la población mediante el miedo. Tras él, llegó su segunda parte: “En llamas”.

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Definido por mi amigo Pastor como “El imperio contraata” de la saga. Más oscuro, más terrible, más allá. Volvió a ocurrir lo mismo. Enganchado sin remedio. Y por último, “Sinsajo”, la conclusión de la saga:

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Hablamos de una madrugada de lectura, hasta las 3 de la mañana, incapaz de soltar el libro. Sin aliento, hasta el final. Así que, como no puede ser de otro modo, lo recomiendo. Y mucho.

Hallaréis en alguna reseña sobre el libro que se trata de “literatura juvenil”. Efectivamente, así se ha vendido la saga. Literatura juvenil. La verdad es que desconozco la razón, pero sacudíos cualquier prejuicio que esta etiqueta os pueda despertar. Quizá sea juvenil porque no es aburrido, la letra es un poco grande y los capítulos cortos. O porque lo leen mayoritariamente personas jóvenes. Espero que sea así. Pero su contenido es adulto, desasosegante y descarnado. Una reflexión apasionante sobre la guerra, el poder, la manipulación, el amor, la libertad y el sacrificio. Y muy adictivo.

¡Ánimo, Katniss! ¡Tú eres el Sinsajo!