El taxi se detiene en la puerta de mi casa. Le ofrezco al taxista el ticket que me han dado en la empresa. Él busca su pequeña impresora de recibos. Ya me conozco el proceso de otras veces. Ahora sacará el recibo y lo colocará en una pequeña bandejita sujetado con una pinza para que yo se lo firme. Aprovecho esta operación para ir poniéndome el abrigo dentro del taxi, para no hacer perder tiempo al coche de atrás, y porque en la calle hace un frío de mil demonios. Me subo la cremallera justo en el momento en que me extiende el recibo. Clavado. Y también en ese momento oímos el cláxon del coche que está parado detrás nuestro. Mec-mec. En total no debemos llevar más de 30 segundos parados, y el taxista murmura para sus adentros “pita, pita” mientras bajamos del taxi. Abre el maletero y me da mi equipaje. Sumemos 20 segundos más, como mucho. Me quedo en la acera con mi maleta, el taxi arranca y en el momento en que pasa junto a mí el coche de atrás, su conductora saca la cabeza por la ventana y me grita con muchísima rabia: “¡LA PRÓXIMA VEZ PÓNTE LA CHAQUETA EN LA CALLE!”.

Suspiro y me da un escalofrío pensar que esta chica ya esté así el lunes por la mañana.