El Creador quiso que el ser humano dominara a las demás especies del mundo. Para ello dispuso, con buen criterio, que no pudieran morfológicamente acceder a lamerse sus propios genitales, don con el que sí había bendecido a otros animales, como perros y gatos. De haber podido hacerlo difícilmente habría podido disponer el hombre de la agresividad, la mala hostia y el tiempo libre necesarios para llevar cabo tal designio.