Cuando una novela te gusta tanto como me gustó a mí El mapa del tiempo, de Félix J. Palma, descubrir una segunda parte de la misma te llena de ilusión y temor a partes iguales. Iusión ante la espectativa de poder sumergirte de nuevo en el mismo universo, de escuchar la misma voz narrativa. Temor a que no te colme como lo hizo su predecesora, a no poder satisfacer el buen recuerdo de la novela, que como todos los recuerdos bonitos se hincha en el corazón como el papo de una rana en celo.

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La segunda parte de “La trilogía victoriana”, como la llama el autor, ha logrado incluso abrirse paso en la lista de “los más queridos” de mi memoria literaria reciente, hasta desbancar a su predecesora. Palma, y lo puedo asegurar ahora ya con convencimiento, después de leer estas dos novelas, tiene una sensibilidad que conecta en todos y cada uno de sus matices con la mía, toca una melodía con la que resueno como lector a cada frase. Los referentes a que remite la novela, los temas, las sensibilidades, el tono. Y una manera de narrar que me divierte y entretiene muchísimo, entre atildada y coloquial, siempre a medio camino entre lo solemne y lo trivial.

Ha sido un enorme placer volver a vivir otra aventura con sabor steampunk, viajeros temporales, escritores que se convierten en héroes, sueños que se hacen realidad, seres de otros planetas e historias de amor que quitan el aliento. Me lo he pasado tan bien que incluso le perdono la utilización del Deus ex Machina más literal que he leído nunca. Gracias por el viaje, Félix J. Palma, otra vez. Espero con ánsia el final de la trilogía.

Mientras ésta llegue, calmaré mi necesidad de Palma hincándole el diente a su volumen de relatos cortos “El menor espectáculo del mundo“.

Tomad nota para Sant Jordi, vale la pena.

P.D.: Y no se olviden del gran éxito editorial, Padre, el último mono, la guía humorística definitiva para padres primerizos, segunda edición en marcha (no se lo esperában, ¿eh, amigos? Al final…Patapám, autopromo en toa la boca).

Amigos/as, Planeta lanza la segunda edición de “Padre, el último mono”, debido a su buena acogida. Gracias. Seguimos propagando la palabra de la paternidad primeriza. Sant Jordi is coming.

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Acabamos de estrenar programa en Antena 3. “Buenas noches y Buenafuente” se llama. Ha sido un parto, y como todos los partos, ha venido envuelto en esfuerzo, sufrimiento y muchas alegrías. Al día siguiente, como no puede ser de otra manera, uno recibe el feedback de la audiencia y la crítica, y como es normal en una persona cabal, analiza toda esta información, la entiende, la integra, está de acuerdo con ella o no, y sigue su camino, intentando ser un poco más sabio. No soy muy dado a entrar en debates sobre mi propio trabajo, puedo asegurar que soy el más severo juez de mí mismo. Las opiniones, y ojalá sea así por mucho tiempo en este mundo cada vez más controlado, son libres y me encanta que así sea.

Sin embargo, he leído algo sobre lo que sí quiero opinar. Algunos usuarios de twitter se han quejado de que nuestro programa se dedicó a copiar chistes de cuentas de esta red social para su uso en nuestro show, sin citar su autoría. De entrada, me parece que no es este asunto demasiado importante, y mi primera reacción era no darle pábulo a las acusaciones de plagio. Pero me lleva a una reflexión que me gustaría compartir con vosotros.

Soy guionista, y conozco a mis compañeros, con los que trabajo codo con codo desde hace años. No se dedican a buscar chistes en internet. Los escriben. Durante toda la jornada laboral, y a veces también echando mano de su tiempo libre. Son buenos en un trabajo francamente difícil. No les gusta copiar sin citar, precisamente porque son profesionales de este trabajo, y son celosos de sus propias ideas. Son extremadamente cuidadosos con el plagio, no le hacen a los demás lo que no quieren que le hagan a ellos. Si decidimos acabar usando material de otro citamos la fuente o la parodiamos de forma que quede clara su procedencia. Los chistes son nuestros. Los buenos y los malos.

Ocurre algo que parece que la gente olvida con facilidad: se pueden escribir los mismos chistes. En realidad no hay tantos. Cuando se trabaja sobre la actualidad, y sobre temas muy populares, como es nuestra intención, no es raro que se llegué a hacer el mismo chiste que otros han pensado ya. Esto ha ocurrido así siempre, la única diferencia es que ahora hay cientos de miles de personas que dejan constancia de sus ocurrencias a tiempo real en la red.

Y nos encontramos también luchando contra el ego de algunos twitteros, todo hay que decirlo, que creen que son mejores escribiendo humor que los profesionales. Tanto es así, que a éstos no les queda otro remedio que seguirles para robarles el preciado fruto de sus chispeantes mentes.

Si éste es tu caso, querido lector, y quieres dedicarte al humor profesional, te aconsejo que te pongas en contacto inmediatamente con El Terrat. Estoy seguro que, apabullados por tu talento, te ofrecerán trabajo enseguida. Y quizá pronto seamos compañeros en la redacción. Donde escribiremos nuestros propios chistes, esta vez ya con fines profesionales.

He escrito esto aquí sin voluntad de entrar en polémica alguna, no pienso volver a hablar de este tema. Pero necesitaba hacerlo en descargo de mis compañeros guionistas y en defensa de su honor profesional. Este es un tema que, vuelvo a repetir, no me parece demasiado importante, pero no quiero que en este particular nadie pueda llegar a decirme nunca “el que calla, otorga”.

Berto Romero

Muchas veces la comedia te persigue y te impide que des la espalda a tu sino en la vida. Ocurrió en una taberna irlandesa de Madrid hace unas semanas. Acabada la última representación de La Apoteosis Necia en el Teatro Compac Gran Via los miembros de la compañía nos disponíamos a comer unos platos combinados bastante marranetes, con mucho frito y sustancia. Yo me mostraba, recuerdo, bastante circunspecto y comedido, como de bajón post-actuación, un poco del rollo “sí, sí, ahora estoy seriete, voy a cenar y tal”. Fue entonces cuando decidí echarme una buena ración de ketchup en el plato. Bien, ¿sabes cuando ese tapón se queda reseco y no sale y te pones a apretarlo furiosamente como un psicópata para que escupa el delicioso condimento? ¿Y sabes cuándo de repente se suelta todo el tapón y se produce una explosión de ketchup que te inunda el plato, el jersey, el reloj, los platos de los otros comensales y el abrigo que estaba doblado a tu lado en el asiento? Pues eso.

Unos segundos de silencio, estallan las carcajadas y todos los compañeros sacan sus teléfonos móviles improvisando el llamado efecto “photocall del imbécil”. Vamos allá:

Otra instantánea más de la devacle:

Y otra más

¡¡Bon appétit, monsieur le gilipolle!!

P.D.: Y aquí no acaba la cosa, porque esta es la primera pieza que cae en el dominó de la humillación. En el restaurante me dan cebralín y la cantidad de suciedad es tal que me tengo que echar medio bote y acabo la cena lleno de manchas blancas enormes por todo el cuerpo, como un rey de los guepardos albinos idiotas. Y entonces alguien dice en el bar “tú no paras nunca”. Y yo pienso “lo intento, de veras que lo intento”.

Una nueva humillación totalmente grauita hacia mi persona por parte de Andreu Buenafuente. Esta vez, la ha perpetrado en su blog, en un post titulado “Probando, probando…“. En él, y con la ridícula excusa de hablar sobre los preparativos del nuevo programa, aprovecha para publicar un foto muy humillante en la que se me ve con la cabeza envuelta en film transparente cocina (me estaban sacando un molde de la cabeza, yo qué se para qué). Pero Andreu no es muy listo, y quizá ya no recuerda que a él también le han hecho un molde de la cabeza, y tengo también fotos del proceso.

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Un proceso innecesario totalmente, ya que para hacerle una peluca lo único que hay que saber es que hay que comprar la más grande. Ya ves Andreu, que la venganza no es un plato que se sirve frio. Calentito y ahora mismo, camarero, que vengo hambriento.

Y esta vez pienso tomar la delantera. Veo tu foto del plástico y subo la apuesta a una máscara de pasta rosa. No quiero que nos hagamos daño, pero esta espiral de humillación tiene mal aspecto.

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