Comencé a escribir este blog en el año 2007, sin saber muy bien por qué. En una época en la que Facebook y Twitter aún no habían engullido la práctica totalidad de las necesidades comunicativas digitales humanas. Hoy es enero de 2012 y hace unos días que busco en los archivos de esta bitácora y releo las anotaciones de mis primeros años aquí. Me sorprende la energía y sinceridad con que me expresaba en aquellos posts. Menos protegido y libre. Luego me volví más refinado y sutil, seguramente también más opaco y suspicaz. Pero me produce placer bucear a través de mi estado de ánimo de aquellos días, y me sorprendo ante la cantidad de material que recopilaba y dedicaba a subir aquí.

Por supuesto, cada vez hay más maneras de comunicarse y las redes sociales se han comido las necesidades. He intentado estar en todas partes, me gusta. Y también me cansa. Lo que más me fastidia es cómo las redes han fragmentado los discursos. Cómo cada vez cuesta más expresarse. Es engañoso, porque la primera sensación que tuve, sobre todo en twitter, la red que más me enganchó en su momento, fue una especie de explosión comunicativa. Me parecía directa, rápida, inmediata y enriquecedora. Con el tiempo, sin embargo, me harta comunicarme sincopadamente, sin tiempo ni espacio para desarrollar las ideas. Y me entristece comprobar como la inmensa mayoría de usuarios de redes sociales va reduciendo progresivamente su capacidad de atención, su interés y, lo que es aún más alarmante, cómo cada vez son menos capaces de atravesar la frontera de los 140 caracteres. Por no hablar de los dobles sentidos y las ironías, que se estrellan penosamente contra un muro de incomprensión.

Intenté hace tiempo convivir en ambos mundos. Escribía un post aquí y luego lo enlazaba en twitter, pero me di cuenta que eran lenguajes diferentes, y que los posts no son bien recibidos en el reino de los eslóganes. Hoy tiro la toalla y he decidido que este blog se queda como está. Hay entrada libre. Y seguiré dándole de comer, aún a sabiendas que cada vez somos menos los que dedicamos un rato a leer posts en blogs. Y no lo enlazaré a twitter. De modo que si has leído esto es porque has querido entrar aquí a hacerlo, nadie te ha llamado, y lo has hecho sin prisa. Que quede, pues, entre nosotros.

Eso sí, el por qué, aún no lo sé muy bien.

Este cartel, visto en una calle de Barcelona, me ha producido una ternura infinita.

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¿Estás en Barcelona esta Navidad? Y, justo debajo, entre paréntesis: regalo de Navidad. Muy a las claras, sin insinuaciones. Un método publicitario que por su cándida sinceridad merecería un triunfo sin precedentes en la historia de la cartelería.

Esta es la cosa. hace unos días entré en una tienda de revelado de fotografía y me encontré con el siguiente panel de muestras de productos:

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Eché un vistazo. Qué felices parecen Laura y Carlos, ¿verdad? Se van a casar:

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Algo que ya hizo en su día Laura, con Juan, aunque entonces no se llamaba Laura, sino Sandra:

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Y no les fue mal, porque al parecer tenían una familia bastante numerosa.

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Que dirás tú, pobre Carlos, cuando se entere del tema que le oculta Laura/Sandra, ¿verdad? Después de curiosear un poco más, dejé de preocuparme por el tal Carlos. ¿O debería llamarle también Juan?

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¿O Marcos, aquí muy acarameladito con una tal Ester?

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la verdad es que ya me iba para casa, por qué no decirlo, un tanto sorprendido e incluso asqueado de tanto libertinaje cuando al girarme me topé de nuevo con Carlos/Juan/Marcos:

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Como no podía ser, de nuevo, muy enamorado.

Esta peña va muy cachonda, ¿que no?