Ocurrió hace a unos meses, a finales del año pasado. Andaba yo por la calle Gran de Gràcia de Barcelona cuando alguien muy pequeño me tocó la pierna por detrás. Me giré y allí había un niño de unos 6 años. No se atrevía a hablar, y su madre, unos metros más atrás, le hacía gestos para que se animara. Me dijo, con acento argentino:

– Hola, me llamo Valentín. Sólo quería decirte que me gustás mucho y que me cago de la risa con vos.

Le agradecí el cumplido y salió corriendo con su madre, a la que saludé con la mano, y se fueron. Afortunadamente me han dicho muchas cosas bonitas durante el último año. Pero Valentín me llegó al alma. Desde entonces, cuando alguien no es tan amable, cuando se pasa de listo, o cuando es maleducado, que son los y las menos, pero desgraciadamente también los y las hay, siempre me digo:

– Piensa en Valentín.